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  EL CINE QUEMA: RAYMUNDO GLEYZER


Un libro de Fernando Martín Peña
y Carlos Vallina.
Por Néstor Kohan

El cine quema. Raymundo Gleyzer de Fernando Martín Peña y Carlos Vallina
EDICIONES DE LA FLOR, 2000. 262 páginas.

Este es un libro entrañable e inolvidable, porque el personaje que retrata, Raymundo Gleyzer (1941-1976), sin duda también lo es.
Hijo de una familia judía en cuya casa se fundó el teatro IFT, Raymundo recibió su nombre de un guerrillero francés –Raymond Guyot- asesinado por los nazis. Trabajó desde muy chico y llegó a ser un grande, uno de los principales realizadores de cortos y largometrajes documentales, políticos y de ficción sobre Argentina y América latina.
Tanto él como su cine, silenciados, censurados y perseguidos, fueron durante décadas innombrables. Desde que fue secuestrado en 1976 muchos de sus films fueron inhallables. Símbolos de una esperanza que había que borrar literalmente- del mapa a sangre, tortura y fuego.
Fernando Martín Peña (1968) y Carlos Vallina (1940) se propusieron con este libro rescatarlo del olvido. Lo logran con creces.
El libro tiene dos partes. Una sobre la obra y otra sobre la vida del cineasta desaparecido. En una, Peña y Vallina periodizan, comentan y analizan la filmografía de Gleyzer.
Allí incluyen no sólo sus trabajos más conocidos (El ciclo; La tierra quema; Ocurrido en Hualfín; México, la revolución congelada; Los traidores; Me matan sino trabajo y si trabajo me matan entre otros-) sino también aquellos materiales que Gleyzer realizó tanto para la insurgencia guevarista (de la que formó parte) como la filmografía alimenticia. Porque además de ser un militante, en su primera juventud del PC (Partido Comunista) y luego del PRT (Partido Revolucionario de los Trabajadores), Raymundo Gleyzer también fue un camarógrafo de Telenoche, de Canal 7 y un realizador de documentales para secretarías de turismo y la TV alemana. Incluso fue uno de los primeros argentinos en filmar en las Islas Malvinas (esos materiales fueron utilizados en Malvinas, historia de traiciones de Jorge Denti y Hundan al Belgrano - de Federico Urioste). Asimismo, tuvo a su cargo una de las cuatro cámaras de Adiós Sui Generis (1975, de Bebe Kamín).
En la sección sobre su vida, Peña y Vallina componen un colorido collage con fragmentos de testimonios, cartas (inéditas), grabaciones y entrevistas recogidos durante siete años. Los autores se retiran allí del relato y dejan hablar a familiares, a sus amigos, a sus colegas y a sus compañeros de militancia. Una composición muy inteligente ya que el lector va enhebrando los testimonios que no siempre coinciden entre sí- mientras del conjunto va emergiendo un retrato sumamente humano del biografiado. Allí aparece el Gleyzer padre, el amante, el amigo, el inquieto documentalista trotamundos, el revolucionario, el intelectual, con todas sus contradicciones, sus miedos, sus angustias, sus dudas, sus alegrías y su compromiso.
Un compromiso que lo llevó a militar en el Cine de la Base, uno de los dos principales nucleamientos del cine político de aquellos años, paralelo al grupo Cine Liberación (autor de La hora de los hornos), de Solanas y Getino. Con ellos Gleyzer mantuvo estrecha colaboración pero también duras polémicas cuando aquellos cambiaron en 1973 el final de La hora de los hornos (una imagen del Che Guevara de varios minutos) por otro donde aparecían Perón e Isabel Martínez.
Justo en 1973, en pleno fervor peronista, Raymundo Gleyzer filmó Los traidores (cuyo primer título iba a ser Una muerte cualquiera), sobre un cuento de Víctor Proncet. En la película Proncet encarnaba a Barrera, un burócrata sindical peronista que se parecía físicamente a Rucci, se había (auto)secuestrado como supuestamente según sostiene el libro- lo había hecho A.Framini, decía frases de L.Miguel y terminaba muriendo a manos de un atentado como Vandor.
Al realizar cine político desde la ficción (incorporando a las imágenes del Cordobazo La marcha de la bronca; de Pedro y Pablo), Gleyzer apostó a la polémica y pensó el film para ser exhibido en fábricas y barrios, apoyándose en las corrientes clasistas de los sindicatos SITRAC-SITRAM, o en dirigentes como Agustín Tosco y René Salamanca. Incluso planeó volcarlo en fotonovela, para que circulara en un público más amplio.
El cineasta fue secuestrado pocos días después de Haroldo Conti quien, junto con Enrique Raab, Silvio Frondizi y Raymundo Gleyzer, también adhirió al guevarismo. Conti y Gleyzer estuvieron en el campo de concentración El Vesubio y éste último también habría estado en el destacamento Güemes. Sobrevivientes contaron que los militares lo torturaron salvajemente, que le habrían cortado los ligamentos de los pies y que incluso habría quedado ciego. A Silvio Frondizi lo asesinó en 1974 la Triple A, los otros tres permanecen desaparecidos.
Como varios directores del mundo iniciaron en los festivales de cine una campaña mundial por su liberación, la CIA informó que según el expedientede Gleyzer en Buenos Aires, en su casa había albergado a refugiados chilenos perseguidos por Pinochet. Su madre se convirtió entonces en una Madre de Plaza de Mayo.
Lautaro Murúa, uno de los actores de Los Traidores, así lo recuerda: A Raymundo lo veo como alguien muy valiente y romántico, algo que se repetía en miles de muchachos de su edad.

Una caracterización que quizás sintetice todo el libro. Porque este no sólo es un libro de cine. Este libro muestra también que se puede vivir de otra manera. Que los cálculos, el egoísmo, las mezquindades y la mediocridad tan habituales en nuestros días, no están en el corazón del hombre. Son apenas un triste producto histórico. Este libro apasionante, riguroso, aleccionador, también muestra que cuando el estudio y el talento van acompañados de una ética inquebrantable e insobornable, puede transformarse en un arma explosiva contra el poder. Y que eso siempre tiene un costo. Raymundo Gleyzer estuvo dispuesto a pagarlo hasta con la vida. ¿Sólo una expresión pintoresca de su época o un ejemplo a seguir para las nuevas generaciones? A pesar de todas las penas, todas las traiciones, todas las tristezas y todos los olvidos, la respuesta no está clausurada.

Néstor Kohan






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