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FUERZA DE VOLUNTAD de Mariela Silvana Penna
Mariela Silvana Penna nació en la Ciudad de Buenos
Aires en septiembre de 1971.
Toda su vida transcurrió en la ciudad, donde actualmente también vive. Estudió psicología en la Universidad de Buenos Aires; hace unos meses comenzó a estudiar Letras.
Trabaja como psicóloga y da clases de idiomas. Es la
primera vez que decide presentar un escrito suyo en un
concurso, aunque escribe desde su niñez.
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Un señor de baja estatura, algunos mechones grises peinados hacia atrás con gomina, pequeños ojos verdosos amarronados, manos huesudas cubiertas de manchas color café con leche, vestido con un pulover marrón agujereado en ambas mangas a la altura de los codos, pantalones azules de una lanilla gruesa y pantuflas grises que dejan ver sus medias blancas, me extiende un papel que dice textualmente:
Sr. Gerente:
Me dirijo a usted que la firma Di Lorenzo cumple 70 años sirviendo al público y
atendiendo a todos los proveedores que siempre nos han servido puntualmente.
Este es un negocio digno de visitarlo y será atendido con el mayor orgullo.
Se hará una rifa gratis entre los clientes y todo público que concurra al negocio.
Muchas gracias
Provisión Di Lorenzo
Muchas veces había pasado por esa esquina gris, con su balcón con viejas macetas con plantas semimarchitas y ventanas con pesados postigones en el primer piso y allí, en planta baja, el almacén con sus persianas verdes y siempre, fuera de día o de noche, una suave penumbra sobre la que indefectiblemente se recortaba una silueta: la de Don Roque Di Lorenzo.
La primera vez que entré al almacén fue hace unos cinco años. Me detuve frente a sus vidrieras repletas de botellas de aperitivos y bebidas gaseosas que ya no existen, guirnaldas navideñas serpenteando distraídas, almendras, nueces y castañas de España, conservas decoloridas y latas rellenas con pulpo, almejas y tortas galesas. Sentí una especie de decepción al pensar que no encontraría el artículo que deseaba comprar. Ingresé al local oscuro, con olor a madera vieja,
estantes que continuaban las vidrieras hasta el techo, exhibidores dispuestos en desorden, apenas cinco metros cuadrados libres en el centro; el resto era un laberinto de cajas y latas de galletitas.
Allí, apenas asomado por encima del mostrador, se veía el rostro arrugado de un señor que me saludó en un susurro. No sólo tenía lo que buscaba sino que, sin dar tregua a mi asombro, me preguntó si tenía hijos pequeños y, sin esperar respuesta alguna de mi parte, me mostró lo que él llamó "un novedoso chupetín" en forma de silbato, en cuyo extremo había una especie de cesta y, al soplar, una bolita plástica quedaba suspendida en el aire. Agradecí su demostración y me fui.
Unos metros después me di vuelta: el sol de domingo otoñal bañaba la esquina, justo en la barranca de las calles Inclán y Quintino Bocayuva. Y el almacenero seguía allí.
Tanto de día como de noche, el único habitante del almacén parecía ser su dueño. Cada vez que pasaba por allí espiaba para constatar que aún seguía en su puesto. A veces estaba sentado en una silla de latón, cerca de la puerta. Lo veía leer, escribir... Otras veces acomodaba golosinas en los estantes erguidos detrás del mostrador. Había allí productos de moda, ampliamente publicitados, pero yo, desconfiada, siempre me fijaba en la fecha de vencimiento de alguna leche o
yoghurt que ocasionalmente compraba. Es que no podía creer esa mezcla de antiguo y moderno, y pensaba que cualquier materia, inanimada o no, que atravesara esa puerta, envejecería súbitamente al subir los dos escalones de mármol blanco.
De vez en cuando, un hombre de edad indefinida, enorme cabeza de cacique sobre un cuerpo delgado y frágil, siempre vestido con una camisa celeste, acompañaba al almacenero en su reclusión. Tenía una inmensamente desproporcionada peluca rubia opaca y desteñida, peinada con raya al costado, que enmarcaba su rostro de piel oscurísima y gruesa. Me preguntaba sobre
qué hablarían el cacique destronado acodado sobre el mostrador y el viejo almacenero, sigiloso como un gato.
Confieso que una tarde de sábado me detuve a punto de entrar al almacén y me dio pena interrumpir a su dueño. Estaba sentado, reconcentrada su mirada en un papel, haciendo cuentas. Sus manos lentas habían atrapado un lápiz y lo hacían descender velozmente sobre las columnas de números, sus ojos húmedos, sin lentes, párpados entornados; su cuerpo, inmóvil.
En muchas ocasiones me pregunté cuál sería el criterio para seleccionar la mercadería que allí se vendía. Es que había una mezcla de todo en el almacén: productos de las últimas publicidades, galletitas que ya no se consiguen, escobas, ceras, garrafas, pastas caseras, peines, pan, garrafas para sifones, etc.
Mi curiosidad hizo que el hecho de escribir estas páginas me diera la magnífica excusa de intentar saber, develar ciertos enigmas en relación al almacenero y el lugar que parecía ser su morada diurna; aunque quizás también de noche, dormitara sentado detrás de su mostrador.
Es así que un mediodía fui al almacén con la intención de, por fin, hablar con él. Me inquietaba pensar que no parecía ser un viejecillo apacible y conversador; tal vez ni siquiera querría hablar conmigo. Respiré profundamente, mi voz sonó extraña a mis propios oídos retumbando como un trueno en el viejo local y me atreví a decirle que quería escribir sobre su almacén aunque, en rigor
de verdad, lo que me fascinaba era él mismo: qué pensaba, qué sentía, cómo era su vida... Sentí que mi sangre se helaba cuando me respondió que muchos otros habían escrito sobre su almacén en diarios, revistas; hasta una poesía le habían dedicado... Me decepcioné al pensar que no era ése un territorio virgen, que mi íntimo descubrimiento no guardaba secretos ni enigmas; otros habían osado entrar en él, el almacenero ya me había sido infiel, ya no tenía yo nada por decir;
cierto orgullo narcisista que suponía sentirme atrapada por algo único, se había quebrado irremediablemente.
Varios días tardé en recomponerme y, una vez más, el misterio se apoderó de mí y una mañana de sábado me llevó de nuevo hasta Don Roque. Desde ahora así lo llamaré, dado que nos habíamos presentado en lo que puedo considerar nuestro primer encuentro, aunque no, nuestro primer contacto. En el silencio del local le pregunté si tendría tiempo para hablar en ese momento y él, suave pero firmemente, me dijo que por las mañanas estaba muy ocupado, que volviera otro día por la tarde y entonces, me daría unos diarios en los que había artículos sobre su almacén. Me encogí de hombros y me fui con la triste resignación de aquél que siente que quieren deshacerse de él dándole datos, informaciones escritas que ahorran el compromiso que implica hablar y dejar que la palabra siga sus propios e imprevistos caminos, más allá de la voluntad del que habla.
Estas vicisitudes me desalentaron pero, al mismo tiempo, me dieron cierta fuerza como para caminar hasta el almacén una tarde de un lunes feriado. Estaba abierto pero Don Roque no estaba allí; la vidriada y pesada puerta de hierro se encontraba cerrada. Golpeé el vidrio con insistencia y entonces apareció él: ¿ se acuerda de mí ?, le pregunté. Él se encogió de hombros, buceó en su memoria y me contestó que no tenía tiempo, tenía visitas y no podía hablar conmigo, "espere,
chica", agregó y se fue detrás del mostrador y volvió con un diario de hojas amarillentas, y una especie de cuaderno: "lea esto, tengo otros pero ahora no puedo buscárselos, vuelva otro día a la tarde..." Quise protestar, decirle que ese día yo había cumplido nuestro acuerdo e ido por la tarde, pero callé agradeciendo que se hubiera acordado de separar esos papeles para mí.
El cuaderno que me había dado era un libro de poesías escrito por una maestra del barrio, en el que había un poema dedicado a Don Roque. Su lectura hacía pensar que Don Roque era un viejecillo apacible y dulce que bondadosamente regalaba caramelos a los niños y sonrisas a los adultos; imagen compacta, sin contradicciones, muy diferente de la que yo me proyectaba del añejo comerciante. A mí me parecía que Don Roque era suave pero imperativo, con una gran fuerza detrás de sus ojos húmedos.
Por otra parte, me había dado un ejemplar del mes de abril de 1997 del periódico barrial "Boedo y sus recuerdos", en el que había una desgastada foto del almacén, donde se lo veía prolijo, ordenado, varias personas detrás del mostrador, y un artículo escrito por el almacenero, en el que contaba su historia. Allí decía que Egidio Di Lorenzo, su padre, luego de trabajar un tiempo aquí, procedente de Italia, abre un almacén en la esquina de Inclán y Castro, en el año 1905. En 1914
nace él. Sus primeros recuerdos son la imagen blanca de la nieve cayendo sobre Buenos Aires y las caminatas por las grandes quintas de la zona de Boedo. En 1926, el almacén se muda a su ubicación actual, la esquina de Inclán y Quintino Bocayuva. La nota que invita a una rifa y que se encuentra al inicio de estas páginas, fue escrita en 1996, con motivo de la celebración de los setenta años de la "Despensa y Gran Provisión Di Lorenzo" en dicha esquina.Después de haber leído lo que Don Roque me había dado, volví al almacén pensando que ése
sería mi último intento. Y esta vez, el hombre que parecía dormitar sentado en su silla de latón, accedió a hablar conmigo.
Me dijo que en agosto de este año, 2003, cumpliría noventa años. No quise contradecirlo recordándole que, en el periódico barrial que me había dado, él mismo decía que había nacido en 1914. Hasta su edad exacta se me antojaba enigmática.
Me habló de María, la organillera, dueña de un organito tirado por caballos y se extrañó de que yo no conociera a Yolanda, la hija del lechero, ya que vivía a metros de mi casa. Me pregunté si Don Roque y yo compartíamos la misma dimensión temporal y espacial...
Hablando con él me di cuenta de que yo, lo único que quería saber era qué era lo que le hacía abrir las pesadas persianas verdes cada mañana por casi ochenta años, día tras día. Una versión romántica de la historia hubiera sido que amaba su trabajo como almacenero. Pero no. Don Roque me dijo que todo era cuestión de fuerza de voluntad.
Él era el menor de cinco hermanos, "todos están en la bóveda", me dijo tranquilamente agregando que "la bóveda está cerca de la de Perón" a la que diez mujeres siempre cuidaban, día y noche, pero, según él, ni ellas pudieron evitar su profanación.
Se asombra de que le pregunte desde cuándo trabaja en el almacén, "desde que nací", responde.
¿ Fue una elección propia vivir su vida en ese lugar ?. Me contesta que es una tradición, que hay que seguir. "Es la fuerza de voluntad, chica", acota a cada momento. Dice que uno puede estar triste, contento, pasar por las distintas vicisitudes de la vida pero, sin fuerza de voluntad, nada es posible. Hasta hace poco más de un año, su esposa le ayudaba en el almacén, pero se rompió la
cadera y, desde entonces está convaleciente, camina con un bastón pero, según Don Roque, "no quiere caminar". Es que para él, caminar con bastón u otra ayuda, no es caminar. Dice que no duerme siesta, las tres horas de la tarde, después de la una, momento en que el almacén permanece cerrado, las aprovecha para "cortar diálogos con mi esposa; discutimos, intercambiamos opiniones, no estamos de acuerdo en todo..." Cuenta que hasta hace poco llevaba una "libreta de fiado" con algunos clientes, pero no pudo seguir sosteniendo esa modalidad de venta en los últimos tiempos. Me pregunté a qué llamaría él "los últimos tiempos", pero no insistí en ese punto.
Me contó que una vez había ahorrado dinero y quiso abrir un hotel en Mar del Plata. Tanto su esposa como su suegra eran cocineras de la embajada alemana en Buenos Aires; "la fuerza de trabajo la tenía", me dice, "lo más importante en un hotel es la cocina". Dijo que pensaba elegir un mozo rubio, otro morocho, otro pelirrojo; en fin, personas bien variadas. El proyecto naufragó ante la oposición de su familia: ¿ cómo podía dejar el almacén e irse tan lejos ?. Es así que continuó en
el negocio familiar. Le pregunto si se arrepintió alguna vez de eso. Me responde que no, pero no precisa más al respecto.
Le propongo que imagine qué haría si no trabajara en el almacén. Se sorprende y me dice "pero chica, ¿ qué voy a hacer ?, ¿ quedarme quieto mirando la pared ?, hay que seguir, siempre hay que seguir..." Comenta que extraña la comida que preparaba su esposa hasta hace un año y medio; ahora pide los platos en una rotisería, pero es siempre lo mismo, poco se parecen a las exquisiteces de una cocinera profesional.
Don Roque tiene dos hijos: el mayor es taxista, el menor reparte comida para una empresa de catering. Dice que algún día, su hijo mayor continuará con el almacén. Ahora ninguno de los dos puede trabajar allí porque están muy ocupados. De todos modos, me parece que él tampoco quisiera ceder una baldosa de su almacén a ningún eventual asistente o colaborador.
Hay unos adolescentes, gran parte del día sentados cerca de la esquina; han escrito con aerosol "Los monos de Pavló" en la persiana principal del almacén. Le pregunto si le molesta su presencia.
Contesta que no y, si algo han escrito en la cortina es "porque andan nerviosos, no saben qué hacer, y así se descargan".
Don Roque me dice que trabaja de 8:30 a 13:00 y de 16:30 a 22:00, un poco menos en el frío invierno. Yo asiento con la cabeza aunque sé que muchas mañanas he pasado por allí a las 9:30 y el almacén aún remoloneaba en su suave sueño. ¿ Cuál es su secreto ?, "seguir, tratar a todos por igual, tener fuerza de voluntad", repite.
Atardece en la ciudad. Son las siete de la tarde de un sábado quieto. En el transcurso de la hora en la que Don Roque y yo intercambiamos palabras y prolongados silencios, nadie ha entrado al almacén. Don Roque advierte la penumbra que es cada vez más densa y me dice que debe encender las luces. Lo veo pararse lentamente buscando el interruptor. Desaparece tras los estantes y la mercadería. Observo que una escalera de mano de madera oscura se bambolea
embriagada entre las latas de galletitas; es Don Roque quien la sostiene, aunque antes me había parecido que ella avanzaba por su propia cuenta. El anciano algo encorvado la apoya descuidadamente contra un taparrollo, a tres metros del suelo, como mínimo. Entonces, inicia una especie de carrera, yergue su espalda maltrecha y avanza ágil y firmemente sobre la tambaleante escalera. Yo no puedo evitar sobresaltarme, sentir al mismo tiempo una mezcla de asombro e inquietud. Las luces están encendidas y Don Roque Di Lorenzo ya está con los pies en el piso otra vez. Pensé que el casi nonoagenario almacenero tenía una enorme fuerza de voluntad. Pero había algo más, algo maravilloso e inasible, pues, como ya se ha dicho hace tiempo: muchos misterios hay: de todos los misterios, el más grande es el hombre.
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