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  CURANDERISMO de Julio César Savon



Julio César Savon nació en Posadas (Misiones) el 27 de agosto de 1896. Se educó en Bs. As., recibiéndose de Doctor en Medicina (UBA) en 1920. Perteneció al grupo "La Cureta", en cuya revista escribía bajo el seudónimo "Pescatore di Bagres". Fue un gran humanista y hombre de avanzada en su época, un médico vocacional de gran bondad y firmes convicciones éticas.
Inició su carrera profesional en Quebrachales (Chaco Salteño) donde, por casi 10 años, fue el único médico en 80 leguas a la redonda y posteriormente se instaló en Tartagal (Salta). Se casó en 1929 con Haydée Gutierrez, que aún vive y con quien tuvo tres hijos. En 1936 se trasladó a Bs.As, reiniciándose en la profesión como pediatra. Escribió infinidad de artículos en revistas especializadas y obras varias tales como Repoblación Forestal (Bs. As., 1943) y sus memorias como médico rural . Falleció el 1º de enero de l963 dejando un profundo legado humano.

C U R A N D E R I S M O

Florecían alrededor del pueblo una capila de curanderos, manosantas y "médicos"...El
vulgo reservaba el título de doctor para el universitario....Los otros, eran hasta "médicos".
Entre estos últimos, se destacaba cierto personaje extraño que hasta se permitió lanzar unos
volantes a vista y paciencia de las autoridades. Prometía en ellos: "Curación de toda enfermedad, por difícil que fuera, por medios completamente nuevos..." A sus íntimos decíales haber cursado estudios médicos y hasta se permitía opinar sobre los respectivos méritos: "He estudiado en la universidad como el Dr.Warton y sólo me falta un libro, el último, para terminar mi carrera..."Aquella historia del último libro tuvo relativo éxito. Comenzaron a afluir clientes al consultorio del "casi doctor" hasta que un día resolvió el Dr.Warton denunciarlo ante el Comisario local. Pero pasaron los días sin novedad alguna... El curandero no parecía sentirse afligido por preocupación alguna ni el comisario apurado por dar curso a la denuncia.
Perdida en medio del bosque, a dos leguas del pueblo, se levantaba la casa del curandero. El rancho de costaneras de cedro y mora, con techo de chapas de cinc, se había acogido a la
sombra de un algarrobo añoso cuyas ramas le tendían un reparo de sombra. Alrededor, un guardapatio amplio, limitado por horquetas de guayacán que sostenían delgados rollizos de guayabil, refulgía al sol. En el interior del rancho una mesa tosca, apenas desbastadas las tablas por la caricia de las azuelas, desempeñábase como altar. Sobre ella, un mantel desmesurado que pedía agua y jabón a gritos, barría con sus puntas el suelo. Incontable cantidad de imágenes y estatuas de santos se veían sobre la mesa, colgadas de los tablones con tientos o con fibras de chaguar y algunas aún en el suelo. Humeaban velas por todos lados y un tufo de sebo quemado llenaba el ambiente. En un rincón, camastro más que cama, estaba el lecho del "médico", donde la suciedad de las cobijas corría pareja o aventajaba a la del ya mentado mantel del altar. Colocado este último junto a la puerta, se divisaba desde algunos ángulos del guardapatio.
Pocos elegidos podían entrar al recinto. Eran éstos alguna autoridad o los que, en un alarde de generosidad ( y no eran pocos), ofrendaban sumas jugosas para "los pobres". Cuando el número de "pacientes" era elevado, lo que ocurría con frecuencia, don Santos aparecía en la puerta del rancho. Imponía, con gesto estudiado y suave, silencio a la concurrencia y levantando la mano derecha bendecía a su manera, con palabras entrecortadas, a los enfermos.
Su aparición en la puerta del santuario daba origen a escenas de desvarío. Enseguida, cabeza gacha, se arrodillaban todos. Otros, tras el arrobamiento, caían en el delirio o en éxtasis. Algunas mujeres eran agitadas por convulsiones. Adoptaban actitudes estatuarias, hieráticas, con los ojos en blanco, pálidas , inmóviles.
Cubierto con un paño blanco, casi traje telar, pasaba el mano santa entre las apretadas filas. Tocaba una cabeza, allí una pierna enferma, mas allá un brazo cuya curación se impetraba. Besaban sus manos grandes y chicos, blancos y mestizos, criollos y extranjeros que los había todos en aquel conjunto abigarrado.
Los rostros cencenos, duros, poco propicios a la alegría, se abrían con gesto de gozo y beatitud: -"Este es nuestro santo, nuestro gran médico, nuestro único santo" exclamaban los exaltados adoradores. Los ojos y los rostros se volvían hacia "el Santo"en espera de que la "mano divina con poder celestial" los tocase para aliviarlos...De pronto, a veces, un grito desgarrado, profundo, surgía de aquella masa sudorosa y crédula: "Me siento bien...Me ha curado el Santo..." Y de cincuenta, cien gargantas se elevaba un solo murmullo ronco. Era la adoración, el éxtasis, el frenesí que se apodera en estas circunstancias de las almas simples y buenas que no entienden de teologías complicadas.
Pero en aquellos seres bondadosos afloraban también impulsos cavernarios, de un primitivismo desconcertante...Formando un haz con el manosanta a la cabeza, la multitud se agolpaba en algo que quería ser una procesión. Imágenes y estatuas avanzaban al frente. El tum-tum de las "cajas" improvisaban una salmodia mística. No faltaba algún violín casero que hacía esfuerzos desesperados por hacerse oir en aquella baraúnda de gritos, imprecaciones, rezos musitados en voz baja, alaridos de chaqueños y hasta ladridos de "caschis". Atrás, el desbordamiento de los impulsos primarios, el celo o fervor vuelto pasión torva: gritos y amenazas contra los presuntos enemigos del curandero: el médico, el Juez de Paz y tal o cual vecino que había puesto en duda la eficacia curativa de los artilugios de don Santos. Después de algunas vueltas alrededor del santuario y aplacados los ánimos, seguían los ritos.
Llegaron hasta el "cura" de Quebrachal noticias de lo que ocurría en el rancho del curandero. Aquellas "misachicos" selváticas con exhibición de variedad de estatuas e imágenes y escenas de un primitivismo religioso que se codeaba con la Vesania, darían tema para una bizarra pintura de ambiente, pero sabían a paganismo puro.
-No permitiré que ese borracho profane lo que nunca debió tocar...Iré a verlo y el que
quiera acompañarme oirá lo que le diré al atrevido de don Santos....gritaba el párroco.
Es que las cosas tomaban mal cariz. La concurrencia, así como había mermado en el consultorio del Dr. Warton, apenas aparecía por la capilla local. Era más sencilla la ceremonia en el guardapatio de don Santos y llegaba más a fondo de los simples que le
seguían. El espacio era el que necesitaban aquellas naturalezas sencillas que se movían entre árboles y cielo y se sentían oprimidas entre las cuatro paredes de la iglesia local. La palabra amable del párroco, por insípida que fuese, no tenía el perfume de exhaltación que desbordaba en las alocuciones bárbaras de don Santos. Por otro lado, su figura delgada y pálida, sus ojos húmedos y hundidos y la barba blanca que orlaba su faz, añadían los últimos toques para que el cuadro estuviese de acuerdo al gusto de los concurrentes.
Una mañana resolvió el cura encaminarse al refugio del santo chaqueño. Enhorquetado en su caballo y en compañía de varios amigos, entre ellos el Dr.Warton, tomaron el camino trillado por el paso de los carros y cabalgaduras, que llevaba al rancho del curandero.
Cuando llegaron, el asombro de todos subió al punto...Cerca de 200 personas de todas las edades, cataduras y colores se apretujaban alrededor del santuario, todos enfervorizados por el mismo sentimiento: esperar la salida de don Santos para iniciar el rito matinal.
-Creo Padre -se adelantó a decir el Dr.Warton- que no conviene que Ud. baje en medio de esta gente que a juzgar por la manera como nos mira parece fanatizada.
-No pienso lo mismo, doctor. Si Ud. teme algo, quédese. Debo y es mi obligación, poner
coto a estas escenas que son una farsa.
Bajó el cura y se encaminó a la casa de don Santos. Algunos gritos aislados partieron contra el médico y los acompañantes, pero la presencia del cura contuvo alguna reacción imprudente. Sin apurarse mucho, la concurrencia abrió paso a los recién llegados....Cuando estaban a pocos metros del santuario, en forma inesperada apareció en la puerta el santón que, displicente y estudiado el gesto, con las manos cruzadas sobre el pecho, no se adelantó hacia los visitantes. Los esperó, consciente de que así debía desarrollarse el ceremonial.
Llegado frente a don Santos, el Padre lo encaró con ademán resuelto y con algo de vehemencia le dijo: -No le permito que Ud, abusando de la bondad de estas personas, haga un comercio infame y pagano con tanta imagen como tiene.
-Y Ud. quien es, señor ? Preguntóle don Santos, con voz tan suave que más parecía un
susurro.
-Cómo ? No me conoce ? No ve mis vestiduras... ? No comprendo cómo ignora que soy
el cura párroco de Quebrachal...
- Bien, señor: sepa que en el cielo está Dios, después de Dios aquí en la tierra estoy yo y recién después de mí, viene el Papa....Así que Ud., que apenas es un triste cura de pueblo....Ud., oigalo bien, Ud. no tiene nada que hacer aquí.
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Con frecuencia llegaban los enfermos al consultorio del Dr. Warton después de rodar por los curanderos. Y allí era exigir al médico lo imposible. Uno de los primeros pacientes graves fue un hemipléjico. Cuando llamaron al médico, llevaba quince días largos en cama, sometido al arsenal terapéutico de una curandera local.
-Y que le pasa a este enfermo ? Preguntó como siempre el Dr.Warton, al entrar en la
pieza donde vivía.
-Y no si ha dado cuenta douctor, anda sucho de media res y no puede hablar. Parece que se li ha atravesado la lengua.
-Porqué no me llamaron antes ?
-Y doctor... Hemos acudiu a rimedios caseros porque creíamos que el mal le dimanaba de
comer fruta asoleada, tras que lo ojeó una mujer que estaba de vientre. Primero doña Rosaura le sacó el mal y dispués le hizo dar baños calientes con rupa chico adentro. Asigún soplara el viento le hacíamos caminar chilicotes por el lado sucho, pero sigue lo mismo, el mal debe ser muy cundidor....Aurita se le traba la lengua mas que antes...Y qué quiere doctor, somos pobres y Ud. comprenderá... es tan chuva y comedida dona Rosaura....
A los dos meses de residencia en el pueblo trajeron una mañana al Dr.Warton una pobre
mujer de 20 anos picada por una yarará en el antebrazo. Por encima de la picadura, en forma ceñida, rodeaba el brazo una rama de fusca. La falta de circulación en la parte afectada y el efecto de la ponzoña de la yarará, habían obrado de consuno para provocar la gangrena del miembro.
-Porque no me trajeron antes a esta enferma ?
-Es que doutor, anduvimos en la diligencia de buscar a la víbora....Imagínese Ud., era de
noche y su trabajo nos costó topar con una, pero según nos advirtió doña Rosaura que es
curandera y adivina, no era la que había picado y como la enferma no decaecía, esperamos hasta ahorita...
Para las picaduras de víboras se seguía un remedio original: se tomaba la víbora causa de la tropelia, se la partía en cruz y con el cuchillo sangrante se trazaba un círculo alrededor de la
picadura cuidando de no herir al paciente. Se "localizaban los síntomas", al decir de los simples que seguían el procedimiento y el enfermo curaba. Otras veces, determinada la víbora culpable, se la mataba y caliente aún se ponía la carne despellejada sobre la herida...En ambos métodos, originales por cierto, la pequeña falla estaba en conseguir la verdadera víbora, la culpable...Pero la solución era fácil en caso negativo: se ligaba el miembro picado con una rama de fusca y que Dios y el médico proveyeran.
Si curiosos eran los medios curativos, no le iban en zaga los nombres populares de algunas
afecciones: cancha era para el vulgo toda enfermedad de la piel, tanto fuera una eczema, como una lesión fúngica o cualquier cosa distinta de la sarna y las eruptivas....En cuanto a la sarna, se diferenciaban tres clases distintas: la sarnilla, la sarna real que pese a su nombre, mostraba singular preferencia por las plebeyas carnes y la sarna del quebracho. A esta última también se la conocía como aire del quebracho o paash (nombre indígena). Efectivamente los hachadores que volteaban aquellos árboles solían sufrir de una erupción
roja y muy particular de la piel, intensamente pruriginosa, provocada al parecer por resinas
volátiles o por el polen, pues abundaban en la época de la floración. Para evitar este inconveniente, los hachadores hacían una cruz en la corteza antes de voltear el árbol. Daban, según ellos, salida al aire del quebracho.
El calor interior...era común esta palabra en boca de los curanderos. Había para la medicina popular dos temperaturas: la exterior, que podía revelar el termómetro y otra, la interior, que sólo se manifestaba por algunos síntomas confusos, imprecisos... como bufaradas de calor, vómitos, orinas rojas, desasosiego etc. El calor interior se combatía a fuerza de lavativas y purgantes. Se llamaba patico al muguet.
Uno de los cuadros más curiosos era el que en la medicina popular se conocía como subirse la madre o el padrón. Se trataba de un trastorno aparatoso histeriforme. La mujer decía sentir opresión en la mitad superior el vientre, acompañada de ahogos, nerviosismo, etc .El corro de comadres, infaltable en estos casos, resolvía que se trataba del padrón o de la madre. Había que evitar que la madre subiera al estómago y aún más arriba, hasta el corazón, porque si grave en el primer caso, en el segundo la muerte era el término fatal...Para ello se ceñía apretadamente el vientre de la enferma por encima del ombligo. La madre tenía sus prevenciones en contra de los ovillos de hilo de algodón. Bastaba colocar uno sobre el ombligo para que la madre que mostraba intenciones de escalar vísceras, se volviera sumisamente a su sitio. A veces la madre se batía en retirada, otras no....Correspondía entonces llamar al médico.
Después del parto, para apurar la eliminación de la placenta o segunda, debía la parturienta colocarse una gorra del marido con la visera para atrás....Y si el marido no usaba gorra ?
Bastaba que el marido se colocase una gorra durante pocos minutos, lo que afirmaba su pertenencia, para pasarla enseguida a la mujer.
Para apurar las contracciones en los casos de inercia uterina, solía darse a la enferma una infusión de cáscara de víbora....Inútil era insistir en lo infantil de aquellas prácticas....Se
alejaba el Dr.Warton y ya alguna comedida vecina preparaba la infusión de piel de cascabel, que se decía mas eficaz! O un te de raíz de cana hueca.
El empacho, denominación genérica que abarcaba una extensa gama de enfermedades, era el punto fuerte de las curanderas. Los cuadros mas variados se resolvían en esta afección. Se cortaba el empacho con distintas maniobras, que iban desde el estallido de burbujas de aire en la columna vertebral hasta la disminución progresiva en el largo del piolín usado por la curandera, en una medida que variaba con la técnica propia de cada una que, como secreto de familia, guardaban celosamente y sólo trasmitían a las más allegadas. Se entendía que el enfermo estaba fuera de peligro cuando aquel se acortaba en una cuarta por lo menos...
Buen cuidado tenían las medidas de no confundir el empacho con el prendimiento de
estómago, la tripa gorda extraviada, el cólico cerrado, el frío a la barriga, el flato al vientre, el quisquimiento, el postema al vientre, el pasmo al estómago y tantas otras galas de la denominación curanderil....Cada una de ellas con síntomas característicos que explicaban tales sutilezas de diagnóstico y terapéutica propia, que iban desde la ingestión de materia fecal de gallina hasta la decocción de semillas de piñón juntadas a la luz de la luna en viernes santo o la infusión de hojas de quebradillo recogidas por una mujer viuda después de rezar tres Aves Marías...
Para las picaduras de avispas y arañas, los diviesos y postemas, la terapéutica era desesperadamente monótona: barro y siempre barro. Unas veces se le agregaba clara de huevo, otras aceite. Frecuentemente, se recurría a la aplicación de las hojas carnosas del palan palan, arbusto de 3 a 4 metros de alto. Por lo común, una erisipela, a veces una septicemia, era el agregado fatal de estas prácticas....Si esto ocurría se achacaba a la fuerza de la sangre, al calor interior, al pasmo de la herida por el frío o...los extremos se tocan también en el Chaco, por haber comido el enfermo alimentos cálidos como la miel de lechiguana, la carne de gualancate o haber bebido cerveza negra....
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Entre los curanderos destacábanse con perfiles propios don Frutos y doña Rosaura. Ambos tenian una clientela numerosa. A don Frutos acudía gente desde lejanas tierras. Pero un día, humano y mortal como era, se sintió enfermo y recurrió, con escándalo de la grey, a los
servicios del Dr.Warton. Diferenciábase de los colegas en ese don de gente de muchos criollos humildes y en una relativa instrucción, ya que había llegado hasta el 4to grado de la escuela primaria. Simpatizó con el Dr.Warton quien, tras olvidar agravios pasados, lo atendió con empeño. La enfermedad de don Frutos era incurable: fumador empedernido, se le había desarrollado un cáncer laríngeo.
Un día, para sorpresa de su médico y quizás presintiendo su próximo fin, le alargó un libro manuscrito: Esto, mi doctor, es para Ud. Sabrá que mi padre fue curandero como yo y aquí están las recetas que juntó en muchos años de profesión. Hay algunas mías agregadas....Se lo dejo a Ud. de regalo. Se ha de divertir mucho con lo que lea, pero aquí no se podía curar en otra forma...
Pocos dias después pasaba a mejor vida. Una larga columna de pueblo acompañó su cadáver al cementerio local.
El libro tenía recetas pintorescas. Veíase la intención de ordenarlas en un índice colocado al
final. Parecían haberse transmitido de padres a hijos, por escrito y sin alterar la redacción, durante varias generaciones, pues el lenguaje recordaba en algunas partes al castellano antiguo. Las siguientes son algunas elegidas al azar:
Para parto retardado de mujer: tomar el corazón de una gaviota sacado antes de que muera y teniéndolo en la mano la mujer, o atado a su pierna derecha, se advierte que cuando aiga dado a luz debe quitárselo y salir del cuarto, si no también saldrá la madre de la natura.
Para los ojos lacrimosos: cuésase orina de varón con vino blanco y raíz de hinojo y
échesele un poco de zumo y con ello mojarse los ojos.
Para el pasmo del cuerpo: cuando el pasmo es de sangre se conoce por el fuego que
despide el enfermo. Si se siente friolento y con puntadas en el espinazo y en todo el cuerpo, se le dará a beber un cocimiento de culandrillo y hojas y semillas de borraja y tres
cogollos de salvia. Después se hará un cocimiento de azúcar, salvia, mostaza y una cebolla blanca, con una libra de unto sin sal y grasa de gallina y se dará una friega por todo el cuerpo y si no se bañará por todas las venas del cuerpo.
La lectura de aquel libro entretuvo muchas noches al Dr.Warton. Pero estaba visto que las
sorpresas continuarían....
Doña Rosaura, en viaje a su finca -era propietaria de varios miles de cabezas de ganado- se había sentido enferma y desde Suri Pintado, a treinta leguas del pueblo, pedíale auxilio médico por carta, que palabra mas o menos decía:
Mi estimado doctor:
Hai saber que en primero me he enfermado con la gripe. Tuve un dolor de huesos repentino que creo hai ser reomatismo a la sangre. Además, tengo un gran decaimiento con un sudor frío sobre el hígado izquierdo y una puntada sobre el lado izquierdo del pecho que estoy creyendo es sarpullido al corazón. El estómago se me
envuelve tanto en flemas, que a ratos siento extraviada la tripa gorda. Tengo atajadas las aguas mayores y menores y no consigo con purgas y lavativas facilitar ni por arriba ni por abajo. Mi viejo no anda bien, desde hace meses no se le inspira la naturaleza. Por lo pronto y como de más apuro medíqueme a mi. Acudo a Ud. para que con el mismo propio me mande remedios....
Había otros párrafos sabrosos, pero impublicables....Sudor frío sobre el hígado izquierdo, extravío de la tripa gorda, sarpullido al corazón, reomatismo a la sangre, etc......Lo razonable era pensar que dona Rosaura acompañaría a don Frutos a poco andar. Envióle el Dr.Warton algunas píldoras...Quién puede entender lo que sufre esta mujer ? Antipalúdicas...? Y pensó para su coleto: como el paludismo da tantos síntomas raros en sus formas inaparentes que aquí llaman "chucho opa", quizás mejore.
Creíala pasada a mejor vida...Y como transcurrían los días sin noticias de ella, se interesó
-sin resultado- en saber cómo le había ido. Cenaba una noche en el hotel cuando se le apareció Florencio: -Doctor, lo buscan en el consultorio. Se trata de un chaqueño herido de una cuchillada en el vientre. Es peón de doña Rosaura, parece que se muere nomás...
-Allá voy Florencio...
Sobre la mesa del consultorio estaba tendido el chaqueño. Herido en una pelea, llegaba al pueblo para asistirse, después de dos días de viaje en carro. El aspecto del enfermo, fiebre, tipo de vómito y vientre timpanizado, mostraban que el enfermo estaba con una peritonitis.
-Ha sufrido mucho en el viaje en carro? preguntó el Dr.Warton a uno de los acompañantes.
-No mucho gracias a doña Rosaura. Ella tomó las primeras providencias y nos manda a decir que le agradezcamos por sus píldoras. Se siente muy bien.
-Y qué le hizo a este enfermo?
-Cuando lo hirieron, como las tripas estaban llenas de tierra las lavó con agua de matico...Pero eso no era nada. No querían entrar en la barriga. Metía doña Rosaura una y salía otra, más arribita o más abajito. "Es que están llenas de flato, dijo doña Rosaura, vamos a sacárselo".
-Le habrá hecho alguna enema o puesto una sonda rectal ?
-No! Que anemia ni que onda! Ud. Sabe que doña Rosaura es médica vieja y ella conoce
bien lo que se debe hacer en estos trances...
-Ah! Muy bien, gracias por la advertencia, pero...qué le hizo?
-Calentó un alfiler de oro y cuando estuvo frío se lo hincó en las tripas. Salió silbando el
viento y ya se sintió bien. Humilditas entraron las tripas en la panza...Más después le tapó
la herida con género de calzón de mujer soltera, que es lo mejor para espantar el pasmo,
le puso una faja blanca que es menos cálida y lo mandó para que Ud. lo viera...
Cuatro horas mas tarde moría el enfermo......Al día siguiente, un vecino acudió a casa del médico a preguntar por el extinto: -Posiblemente una perforación de los intestinos por el arma ?
A lo que el Dr. Warton contestó: -O por el original método de hacer entrar los intestinos humilditos, según dijo el acompañante...Y le narró la conversación habida...
-Así se explican ciertos éxitos de los curanderos...No sé si le han anoticiao de que doña Rosaura tiene un enterratorio particular vecino a la casa. Allí descansan cerca de 30 de los que fueron sus pacientes. Tanto la querían a su médica que, para no separarse de ella, prefirieron que los enterraran cerca...
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Como médico rural, muchas cosas he visto y algunas he contado aquí. El médico que acude a la campaña no es el fracasado de la ciudad. Por lo común, no ha ejercido nunca la profesión en los centros importantes. Y con un poco de aventura y un poco de idealismo busca un horizonte nuevo. No hay que ver en él al médico mediocre, al explotador ni al aventurero, porque se verá enfrentado a un duro desafío: no es sólo la lucha contra el hastío y la neurastenia, es también la lucha contra el ambiente mismo, como en el caso del curanderismo.
Desgraciadamente, en muy poco se estima el esfuerzo de tanto profesional joven que, abandonando las comodidades de la ciudad, se hunde en cualquier ignorado pueblo de campaña siguiendo el llamado de una genuina vocación.






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