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UN NACIMIENTO EN EZEIZA de Cristina Porta
Cristina Porta. Profesora de Historia, egresada del Instituto de Profesores "Artigas". (I. P. A)
Nacida el 29 de julio de 1952, en la ciudad de Montevideo, República Oriental del Uruguay.
Ejerzo la docencia en la Universidad de la República -Facultad de Derecho- Instituto de Historia de las ideas, así como en el I.P.A., en la asignatura Teoría y Metodología De la Historia y en la Enseñanza Media (bachillerato)
Estuve exiliada entre 1973 y fines de 1984.
Tengo tres hijos.
Viví en Argentina entre 1973 y 1976, donde nació mi hijo mayor.
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UN NACIMIENTO EN EZEIZA
Esta es la historia de las circunstancias en que nació una niña en el Hotel Internacional de Ezeiza, convertido en cárcel, en Buenos Aires, República Argentina, en los primeros días del mes de octubre de 1973.
Fue en el momento en que pasaron diciéndonos que cantáramos más alto, más fuerte, fue ahí que empezó a nacer.
Estábamos como siempre, como todos los días desde que habíamos llegado y nos habían metido de a cuatro en habitaciones para dos, de a seis en las que eran para tres; sólo que ya habían pasado los días en que, dos veces en el transcurso de la noche, abrían a patadas (a botazos, debiera decir) las puertas de los cuartos, encendían la luz y, apuntándonos, nos contaban en voz alta y concluían a los gritos "están todos".
¿Pensaban que podíamos fugarnos? Evidentemente sí.
Estábamos como siempre, sentados en el piso del pasillo en grupitos diversos, en total éramos unos cuarenta, tal vez más.
No eran fogones o cosa por el estilo lo que nos agrupaba.
No hay fogones en los hoteles; como tampoco había ningún hogar a leña, puesto que el ámbito de circulación que teníamos permitido se reducía a los dormitorios, el pasillo y un comedor inventado en la planta baja, a la que accedíamos sólo a la hora de las comidas que eran tres: desayuno, almuerzo y cena, si es que así se les podía llamar, dada la infame calidad de lo poco y nauseabundo que nos servían, pero esto es otra historia, y no quiero desviarme porque ya pasaron 30 años y los recuerdos están siempre ahí, pero a veces disparan como si mi cabeza los asustara, y quiero contar cómo fue que empezó a nacer.
Los "fogones" eran los temas de conversación, eran las diferentes filiaciones políticas, eran las nacionalidades, y eran las guitarras que nos habían permitido sacar de Chile cuando el ciclón del golpe de estado del 11 de septiembre del 73 nos arrancó de cuajo y nos dispersó por el mundo.
En realidad, los que tenían guitarras eran, mayoritariamente, brasileros y chilenos.
Los uruguayos y argentinos ( a estos últimos los liberaron enseguida, al fin y al cabo estaban en su patria, bueno fuera que no) que yo recuerde, no teníamos ningún instrumento musical.
Eso fue lo que determinó que empezáramos a mezclarnos, las guitarras nos juntaron en voces rioplatenses, chilenas, brasileras, cubanas, colombianas, peruanas. Y así, en aquella torre de babel donde el colonialismo había plantado el huevo idiomático, las habitaciones y el largo corredor se convirtieron -pese a la presencia de los soldados armados con ametralladoras- en peñas donde Latinoamérica insurrecta, prisionera en el Hotel Internacional del aeropuerto de Ezeiza, resistía a la desolación, el miedo y el desamparo.
Fue un mediodía, o tal vez una tarde - cuando arremolinados en grupitos cantábamos canciones de Vinicius, de Víctor Jara, de Toquiño, de Violeta Parra, de Viglietti, de Soledad Bravo, de Zitarrosa- que un par de compañeros empezaron a pasar y a pedirnos, en voz baja, que cantáramos más fuerte, más alto.
En el momento no supimos de qué se trataba, pero algo en el pedido, tal vez lo perentorio del tono, quizá aquella confianza de gente acostumbrada a responderle a la vida desde lo colectivo, lo solidario, hizo que aceptáramos con naturalidad el asunto.
Al fin y al cabo la situación toda, era muy loca, ya que nadie entendía porqué la embajada argentina nos había asilado- y embarcado en un avión de la Fuerza Aérea que nos llevó por encima de los Andes con una ración de un huevo duro por cabeza (yo le di el mío a un flaco que estaba sentado a mi lado con cara de "me muero", lo cual no me convierte en heroína, sino en alguien que tenía el estómago ahíto de miedo y obedecía a reflejos de compañerismo) para dejarnos presos ni bien pusimos un pie en territorio argentino, el 1º de octubre de 1973.
En la desesperada búsqueda de salvación, jugaba la esperanza de que llegábamos al territorio de un pueblo que esperaba, eufórico, la llegada del General Perón para terminar con años de dictadura crónica. ¿Salíamos del infierno para caer en el purgatorio?. Aparentemente sí.
Los análisis sobre coyuntura de transición y las complejidades de la política argentina, fue algo que empezamos a vislumbrar mientras esperábamos en fila -apuntados por soldados armados a guerra- para ser interrogados, fichados y fotografiados (cuatro de perfil y cuatro de frente), desde que aterrizamos a la medianoche, hasta que nos mandaron a dormir, cinco horas después.
Cantamos, entonces, cada vez más alto, más fuerte. Cuando aquello era ya un coro donde retumbaban voces de todos los rincones y las guitarras (y alguna que otra improvisada maraca brasilera) se desgañitaban en medio de una incógnita indomable, pasaron nuevamente los compañeros. Y dijeron.
-Ya pueden aflojar. El hijo de Francisco y Cristina ya nació. Es una nenita.
Hubo, si es que hubo, una fracción de silencio por el que se filtró el vagido de la nueva compañerita de exilio.
Inmediatamente, de algún lado se elevó una voz que empezó a cantar "Palabras para Julia".
Las voces galopaban a lo largo del pasillo donde los soldados se revolvieron inquietos.
"Y si algún día te sientes perdida o sola
acuérdate lo que un día yo escribí
pensando en ti, pensando en ti
como ahora pienso..."
Y más allá, sonaba una canción de Zitarrosa...
"Niño, mi niño, vendrás en primavera te traeré
gurisito lindo, collar de madreselvas yo te haré"
Y fue una fiesta, cargada de incertidumbres, de locura, de atropellados temores, de preguntas sin respuestas, pero fue.
Fue la fiesta de los náufragos que éramos, con un bote salvavidas, al menos para Francisco y Cristina, sobrevivientes del golpe de estado uruguayo y luego del chileno.
Le habíamos ganado a la orden de las autoridades de inmigración quienes le habían prohibido a Cristina que parieran su hijo en Argentina, no fuera cosa que tuvieran que otorgarle el derecho (constitucional), de permanecer en el territorio de su hijo argentino, argentinita, dado el resultado.
Debo decir, que ante las presiones recibidas por Cristina y Francisco para que abandonaran el país antes del parto, la fecha del mismo había sido alterada en las declaraciones y que, para más seguridad, la mayoría de nosotros ignoraba (pese al tamaño del vientre de la compañera), la proximidad del nacimiento.
El parto se realizó en una de las habitaciones del hotel, en una cama común. Asistieron a la compañera, la médica-ginecóloga a quien permitían entrar para los controles rutinarios, y otro médico que ingresó al hotel ocultando su condición de tal.
Finalmente, luego de casi un mes de confinamiento, alrededor del 30 de noviembre el parlamento votó un Habeas Corpus y nos dieron la salida, no así la residencia.
Fueron muchos los que nos visitaron, ayudaron y abogaron por nosotros en ese mes que estuvimos en el cuartel de lujo.
Recuerdo a Zelmar Michelini, y Enrique Erro, parlamentarios uruguayos, a quienes el régimen de facto instituido en Uruguay en ese año de 1973 obligaba a permanecer en Argentina (el primero de ellos asesinado luego en el año 1976); los argentinos Héctor Sandler, abogado y diputado nacional, así como Eduardo Luis Duhalde, abogado defensor de presos políticos durante la dictadura de Onganía y otro abogado, de apellido Yacub, quien más adelante fue "desaparecido". Y como éstos, tantos otros argentinos como ellos, de corazón-cabeza sin fronteras, cuyos nombres la memoria me escamotea y que estén donde estén, ojalá puedan disculparme.
Cuando nos liberaron, a condición de abandonar de inmediato el territorio argentino, iniciamos un largo peregrinaje en busca de soluciones para quedarnos, pero esa es otra historia.
Yo tenía veintiún años, cumplidos en julio de ese mismo año, en Santiago de Chile.
Cristina Porta
Montevideo - Uruguay
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