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  TINTA INDELEBLE


El diario Comercio y Justicia, de Córdoba, recuperado por sus trabajadores.

Por Mónica Ambort

Tras volverlo de la muerte y recuperar buena parte de los lectores de sus mejores tiempos, los empleados del diario Comercio y Justicia de Córdoba confían en que muy pronto podrán convertirse en sus dueños definitivos. Nada habían podido hacer cuando, después de una serie de desaguisados empresarios, despilfarro y megalomanía, el tradicional matutino quebró; pero, constituidos en cooperativa de trabajo, consiguieron en cambio que la Justicia se los alquilara. Contra viento y marea, remando sobre incredulidades propias y ajenas, dueños de un empecinamiento sorprendente en esta Argentina desesperanzada, con el apoyo de sus sindicatos, algunos auxilios del gobierno, gestiones de un diputado opositor y dos mil pesos iniciales que obtuvieron al vender cuanto requecho de papel encontraron en el taller, el 21 de junio del año pasado, los 'nuevos dueños' del diario lograron que las rotativas, volvieran a tronar.




Los problemas se habían precipitado casi en las vísperas del nuevo siglo, cuando al diario poco le faltaba para cumplir los sesenta. Desbordados por las deudas, en un contexto de crisis a veces terminal para muchos medios gráficos del país y hasta del extranjero, los directivos de entonces, tercera generación de la familia fundadora, consiguieron deshacerse de una empresa que muy lejos de los sueños del abuelo, se había convertido en pesadilla.
Como muchos de sus colegas pymes, sin desconocer los estragos hiperinflacionarios ni la creciente competencia de la televisión y de nuevos medios de perfil económico similar al Comercio y Justicia, en diálogo con esta autora, Jorge Raúl Eguía (42), último codirector, atribuyó al costo laboral la mayor parte de responsabilidad en la debacle. "Teníamos muchas demandas por la vieja ley de higiene y seguridad; una gran deuda previsional, y después del rodrigazo, se incrementaron demasiado los sueldos del personal", sostiene. Por eso no hubo lágrimas cuando en 1998 lograron 100.000 pesos/dólares por el diario, que había caído al nivel más bajo de suscripciones de su historia (2.000, después de alcanzar las 5.000 a fines de los sesenta). "Fue un verdadero alivio. Ya mi papá estaba convencido de que había que venderlo, pero no encontrábamos candidato para un diario que no era negocio", confiesa Eguía, totalmente desvinculado hoy de la actividad periodística.

Espejitos de colores

Desde mediados de los noventa, después de sucesivas frustraciones (en pocos años se habían desplomado diarios tradicionales como Los Principios y el Córdoba, y otros que nacían casi muertos, entre ellos la versión local de Página 12 ), en Córdoba luchaban por implantarse algunos nuevos emprendimientos gráficos, como La Mañana de Córdoba, propiedad de Ámbito Financiero. Simultáneamente, en concordacia con la impronta de concentración de medios que prohijó el menemismo, La Voz del Interior, el diario más tradicional de la provincia, dejaba de pertenecer a los Remonda, su familia fundadora, para pasar mayoritariamente a manos del grupo Clarín-Nación.
Comercio y Justicia, dispuesto a competir como uno más en ese mercado que parecía dejar algún espacio disponible, cambió su perfil. Aggiornó su cara con un diseño acorde a los nuevos tiempos, y, pionero en el periodismo jurídico y de negocios, amplió su conocido ámbito de suscripciones para ocupar un lugar en los kioskos, con información más general. Los flamantes propietarios, un cuarteto de empresarios locales sin experiencia en medios de comunicación, creyeron hallar en ello la salvación, confiando la calidad de su factura a un equipo profesional de altísimo costo. Un llamativo esfuerzo de producción, que duró poco. "En un mes, uno de los directores periodísticos cobró seis mil pesos de viáticos. Por su estilo, el Comercio y Justicia no usaba fotos. A pesar de ello, se contrató un servicio que costaba unos ocho mil pesos mensuales. Duplicaron la planta de personal. Lo fundieron", recuerda para este trabajo, en su voz, todavía, un dejo de estupor, el actual director Javier De Pascuale (35), presidente asimismo de la cooperativa que gestiona el diario.
Antes de los dos años, Vicente Aznar, un ex apoderado de la Unión Cívica Radical (que a esta altura de la historia había quedado como único dueño) puso el diario otra vez en venta. Previamente, se deshizo del costoso staff de profesionales con el que había iniciado la gestión.
Cuando en la escena irrumpieron los nuevos protagonistas, nuevamente con bombos y platillos, Comercio y Justicia comenzó otra etapa. Fue de la mano de Gazeta Mercantil, un importante grupo editor paulino, especializado en publicaciones de negocios, al que parecía respaldar una cadena de más de 40 diarios regionales en Brasil. El grupo ya había iniciado su desembarco en Argentina con un diario en Buenos Aires, Gazeta Latinoamericana. Ahora sí, el tradicional periódico cordobés podría salvarse.
Los empresarios llegados del vecino país desembolsaron un millón de dólares/pesos por el 40% de las acciones. Pero la devaluación del 50% del real en enero de 2001 alteró los negocios del grupo que sin embargo compró el resto del paquete, "con la expectativa de evitar la pérdida del millón anterior y revender la empresa", según el historial de aquellos días, escrito por la cooperativa que finalmente se puso al frente del medio.
Los editores paulistas, que se habían presentado en Córdoba prometiendo para el diario, a través de sus mismas páginas, un "futuro de gloria", desilusionaron enseguida. A la hora de cancelar los primeros sueldos, ya se demoraron unos días y apenas dos o tres meses después, directamente dejaron de pagarlos. Esto no les impidió seguir con sus promesas a los empleados: desde pasantías de capacitación en Sao Paulo, hasta seductores premios en viajes a París y Nueva York, promesas que todavía hoy hacen reír a muchos trabajadores.
Aznar y los brasileros nunca dejaron de echarse culpas mutuamente, según recuerdan fuentes gremiales. El primero reclamaría que los compradores jamás terminaron de pagarle. Los paulistas se justificarían en que les vendieron gato por liebre.

Resistiré... juro que resistiré...

Entre estos dimes y diretes, los trabajadores vivieron meses desesperantes. Asambleas, paros, petitorios. Gestiones ante el Ministerio de Trabajo, el gobierno, los legisladores, la cancillería argentina, el recién inaugurado consulado de Brasil en Córdoba ("el cónsul nos atendía, hasta que durante una fiesta carioca en el Cabildo, le hicimos un escrache", recuerda De Pascuale). Contactos solidarios con los colegas de los diarios del grupo Gazeta en Sao Paulo, con los sindicatos de prensa brasileros: los reclamos casi derivan en incidente diplomático, cuando el Ministerio de Relaciones Exteriores argentino reclamó a Planalto por el comportamiento de una empresa brasilera.
Como si lo vivido no hubiera sido suficiente, Comercio y Justicia soportó también en esos tiempos, un sospechoso robo de cuarenta y cinco computadoras y otros vitales recursos tecnológicos, episodio que por lo bajo, uno de los investigadores de la policía calificó de 'autorobo'.
Simultáneamente, mientras temían lo peor, los empleados hacían malabarismos para vivir con unos pocos pesos que les entregaba el gobierno provincial, en pago de una deuda que mantenía con el medio. En ese contexto nació la idea de compartir la gestión. "Pero queríamos ver los libros, propuesta que recha-zaron. Después supimos porqué: los gerentes se habían aumentado el sueldo", explica De Pascuale. Más tarde, los trabajadores ofrecieron directamente ha-cerse cargo del diario. Estaban dispuestos a renunciar a los salarios que les debían. Pero los brasileros querían más: que el personal asumiera toda la deuda, de modo que el intento quedó en nada, hasta que el grupo paulista lo resolvió a su modo. Se fue del país, dejando el diario 'abandonado', como lo certificó, a pedido del personal, la justicia cordobesa.
A raíz del paro por tiempo indeterminado de sus trabajadores, Comercio y Justicia dejó de salir. Muchos de los empleados intentaron también tomar el diario, pero ante la negativa de algunos, la idea no prosperó. "Hasta entonces habíamos decidido todo por consenso. Quisimos mantener la unidad, y no ir contra la voluntad de esos pocos compañeros. Fue un error histórico", evalúa De Pascuale, al recordar que de ese modo, cuando un acreedor pidió la quiebra, la justicia no encontró resistencia para poner la banda de clausurado en la puerta del diario.
En el ínterin, ansiosos por salvar la fuente de trabajo, los empleados hasta se reunieron con un representante del grupo Hadad, aparentemente interesado en comprar el periódico para recalar en Córdoba con Info BAE. Las tratativas terminaron en la segunda reunión. "Se revelaron como unos delincuentes. Querían echar al cincuenta por ciento del personal", comenta De Pascuale.



Quién dijo que todo está perdido

Semanas antes de la quiebra, la idea de la cooperativa ya se había instalado entre los trabajadores. A pesar de las dudas existentes inclusive entre los más activos, el tema llegó a discutirse en asamblea, donde prendió con ganas. Pero cuando el diario quebró, las deserciones comenzaron a sentirse. De casi un centenar de empleados, peleando fueron quedando poco más de veinte... Diez, finalmente, cuando en abril del año pasado, decidieron jugar una última carta.
Constituidos en Cooperativa de Trabajo La Prensa, con el respaldo de los sindicatos de prensa y de gráficos; el beneplácito del ministro de industria de la provincia, Juan Schiaretti; y el apoyo permanente del diputado nacional por Córdoba del Frepaso, Atilio Tazzioli (que gestionó en Buenos Aires, en tiempo récord, la personería jurídica para la cooperativa de los cordobeses), se animaron a pedirle el diario a la jueza de la quiebra. Necesitaban trescientos mil pesos para poder alquilar sus bienes, y relanzarlo. Los ayudó un préstamo privado, algunos fondos gremiales, y fundamentalmente, la suerte: fueron los únicos interesados.
El día de la licitación, incrédulos y eufóricos, el puñado de empleados que había permanecido en el frente de batalla salió corriendo de Tribunales hacia el Círculo Sindical de la Prensa de Córdoba, donde pusieron los teléfonos al rojo vivo para contarle la buena nueva a sus otros compañeros. Rápidamente, de los diez fundadores, los socios de la Cooperativa subieron a cuarenta y nueve.
Fue el 14 de mayo del año 2002. Al día siguiente, el Congreso de la Nación aprobó la ley de quiebras gracias a la cual los bancos podrán 'comprar' las empresas que les deban dinero. Una modalidad, atribuida a las exigencias del Fondo Monetario Internacional, que perjudicará a pequeñas y medianas empresas. Pero paradójicamente con la impronta antipymes de la ley, el artículo 190, al establecer que frente a una quiebra los empleados podrán alquilar la empresa para continuar su marcha, pone como ejemplo el caso del diario cordobés.
Ni plata para la tinta, tenían los empleados del Comercio y Justicia cuando se hicieron cargo del diario. Además, durante la clausura judicial, la empresa había sido desmantelada por gente que entró al edificio sin violentar las cerraduras. A cambio, en el taller, como maná del cielo, habían sobrevivido intactas nueve bobinas de papel, y así el diario, volvió a la vida. El 20 de junio de 2002, después de seis meses de ausencia.
Comenzaron sin suscriptores; con un único aviso, el primer día, del Concejo Deliberante, y cobrando cada cooperativista, cincuenta pesos por semana. "Todo fue un parto. No teníamos nada. Para cada trámite nos pedían diez mil papeles. La empresa debía luz, teléfono, agua... Cada gestión fue un parto", recuerda De Pascuale. A los primeros gastos (tinta, chapas, elementos de limpieza y pintura para borrar los grafitis del frente) los afrontaron con dos mil pesos, fruto de la venta de dos camionadas de requechos de papel que recogieron limpiando hasta el último rincón del taller.
Diez meses después, los suscriptores son casi tres mil, un número que pone al rubro cerca del punto de equilibrio. El retiro mensual de cada cooperativista oscila entre 532 y 715 pesos, más los costos de la obra social y la cuota sindical; a la pauta publicitaria la pelean con optimismo, y, lo más importante, creen que el uno de agosto, se convertirán en los dueños definitivos. Trabajan para comprar el periódico: con lo que el propio diario les debe en salarios y cargas sociales, y algo de dinero (la cifra es confidencial) ahorrado durante estos meses de gestión cooperativa.
Hasta el antiguo director de la familia fundadora, que vendió el diario porque no era negocio, confía en ellos. "Les está yendo bien. Pienso que les irá mejor todavía, porque cuando se es dueño, se hacen mejor las cosas", dice sin añoranzas Jorge Eguía. Como al evaluar la etapa final de la familia en el diario, Eguía considera que la clave siguen siendo los costos laborales: "Les va bien porque acomodaron los costos a los ingresos reales. Lo hacen muy a pulmón. Ganan 500 pesos, mientras que en 1998, ganaban 1.000".
Los tuyos... los míos... el nuestro

Los ex empleados del Comercio y Justicia, hoy cooperativistas con derecho a sentirse dueños, esperan que en agosto, la justicia legalice lo que ellos supieron conseguir. Esperan de distintos modos. En el viejo edificio de barrio Paso de los Andes, baluartes de una antigua, sólida cultura sindical que siempre identificó a los trabajadores del diario, aun cuando el menemismo 'decretó' el fin de las ideologías, están quienes creen fundamentalmente en el poder del esfuerzo solidario. Están también nuevas generaciones, formadas con otros paradigmas, más cerca de la eficiencia competitiva y los devenires del mercado.
"Es una experiencia fascinante", asegura riéndose de su propia expresión, Eduardo Martín (52), desde su mesa de corrector. "Los compañeros descubren que son capaces de hacer bien, lo que antes hacían unos señores que cobraban sumas fabulosas. Cuando tenés conciencia de que el colectivo vale, le ponés el pecho. Hacés las cosas a conciencia. Desde hace un año, nuestra experiencia es así (y hace un gesto rápido, ascendente, con la mano). Son puros triunfos, en lo salarial, y con el producto", agrega. El optimismo no le impide lamentar que entre algunos compañeros más jóvenes, la conciencia no es la misma. "No todos valoran lo que tienen en sus manos. Actúan como si hubiera una patronal: cumplen horarios y chau", asegura.
Estela González, desde hace más de treinta años en el área administrativa de Comercio y Justicia, varias veces delegada y dirigente del sindicato de prensa, no duda que el sentimiento de solidaridad que caracteriza "a los viejos" terminará imponiéndose. "Esta experiencia nos está dando la razón. La unión hace la fuerza", afirma convencida. La impulsa "una especie de mística" que comparte con sus antiguos compañeros, ésos que siempre le dieron una impronta particular al diario, donde antes que "el vedetismo típico de otros medios, primó la idea de ser trabajadores dependientes de un patrón, sin distinciones entre periodistas y gráficos". Para Estela González, el éxito de esta nueva etapa ra-dica en el sentido de responsabilidad, otra de las caracterísitcas que distingue al grupo. "Siempre fue muy natural hacer nuestro trabajo. Y ahora que no te-nemos jefes, funcionamos ejemplarmente. Cada uno sabe lo que tiene que hacer, aunque todavía no trabajamos lo suficiente en equipo. Falta coordinación", sostiene.
Entre los más jóvenes, se escucha a Diego Dávila (31), editor de la sección Negocios, quien, a pesar de estar gratamente sorprendido por la marcha del emprendimiento, aporta una observación crítica. Cree que para asegurar su futuro, el diario deberá definir una estructura de responsabilidades y jerarquías ("si alguien falta tres días, nadie te dice nada. Además, antes había la obligación, por ejemplo, de seguir un tema. Ahora eso se ha relajado mucho, en parte porque somos muy pocos, pero también por falta de exigencia", explica). Y fundamentalmente, puntualiza Dávila, el diario deberá formular un plan de negocio. "Uno de los principales problemas, siempre, fue la falta de una política comercial clara. A partir de una estrategia institucional, esa área debe fortalecerse", tarea para la cual, piensa, tal vez debiera buscarse ayuda fuera de la empresa. A la hora de valorar el clima de trabajo, el joven periodista afirma con certeza: "Es bueno. En algunos momentos fue tenso por la incertidumbre, las diferencias de opinión... Muchas horas de trabajo por muy poco dinero. Algunos, en desacuerdo, optaron por irse. Eso generó algunas tensiones, pero con el tiempo se fue mejorando".
A Diego Dávila, el formato cooperativo le resulta "interesante, emocionante", pero si apareciera un comprador inesperado, vacilaría. "Sería muy difícil optar por la cooperativa, si no se sabe bien qué ofrece", dice.
En cambio para el editor de Economía Mario Rodríguez, periodista chileno que vive aquí desde hace quince años cuando debió huir de la dictadura pinochetista, la opción cooperativa es la única que salvará al aparato productivo nacional. "Manifestamos con orgullo que integramos la nueva realidad social que recorre al país de sur a norte con cooperativas y emprendimientos de autogestión. Suman centenares los ejemplos", sostuvo el trasdandino en la editorial de contratapa, cuando tres meses después de su relanzamiento, el diario cumplió 63 años. Junto a empresas como la textil Brukman, la ceramista Zanón, la fábrica de heladeras Siam y varias decenas más, Comercio y Justicia forma parte del Movimiento Argentino de Empresas Recuperadas que preside el abogado Luis Caro, también asesor legal del diario cordobés.
"La tarea emprendida no es fácil y el objetivo de este amplio movimiento de trabajadores que con su esfuezo están recuperando firmas quebradas o abando-nadas, es lograr de los poderes públicos cambios en la actual legislación que faciliten el desarrollo de empresas de autogestión", reclama Rodríguez en su artículo. Suya fue la loca idea de formar una cooperativa para seguir con el diario. "Cuando nos lo comentó, nos pareció difícil. Sin embargo la asamblea tomó la propuesta con interés. Por eso siempre decimos que a esto de la Cooperativa se lo debemos a él", agradece De Pascuale.
A pesar de la incertidumbre, los directivos de la Cooperativa de Trabajo La Prensa apenas si temen que el primero de agosto la suerte les juegue en contra. Para evitarlo, además de garantizar la salida del diario sin interrupciones, las gestiones ante los diversos poderes del estado nunca se interrumpieron. Pero podría, por ejemplo, aparecer otro interesado. "Sabemos que el antiguo dueño ha estado dando vueltas por Tribunales", confiesa De Pascuale, decidido al agregar: "Alguna solución encontraremos. De aquí no nos van a sacar fácilmente. Si la Justicia nos quita este diario, ponemos uno al frente. Nosotros a esta empresa la tenemos en marcha. Además, si la compra otro, los trabajadores somos los principales acreedores. En esto no hay vuelta atrás".

Córdoba, 30 de abril de 2003







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