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  CARRERA CONTRA EL DESTINO de Francisco Alberto Chiroleu



Fotógrafo, redactor publicitario, webmaster.
"Plaqueta 7 poemas junto A T. Gigli" 1974
"El reloj de humo" poesía - 1975 Ediciones EVC
Dirigió la revista literaria "EL VIDENTE CIEGO" (1971-75)
Tiene inéditos "Intimidades de una fábrica de esqueletos" y "Requiem por Polosecki"
Edita desde el 2001 www.lexia.com.ar

a J.C.H./ H.C/ J.R.S./A.P.

El viejo Renault 6 marrón avanzaba por una calle completamente desconocida para mí.
Sabía que esa zona de extramuros había grandes descampados y que en esos descampados las tres A habían asesinado a varios activistas textiles.
Lloviznaba levemente. De a ratos. Como el 1° de Mayo cuando la señora salió al balcón para farfullar alguna frivolidad que le habían escrito sus gurúes y fue sucesivamente vitoreada y abucheada y corrían muy malas ondas sobre el futuro y lo que podría pasar.
El viejo Renault 6 marrón avanzaba por esa calle desconocida para mí y creo que para él también.

Dos días atrás nos habíamos besado con Chani en el taxi cerca de la Iglesia de Nueva Pompeya. Una mala y una buena. El japonés no estaba, hacía días que no volvía según dijeron los familiares. Pero ella me besó en el taxi, con desamparo ,con miedo , con afecto.

La espera había sido larga. Un viaje nocturno en turbohélice sobre una ciudad iluminada donde no se distinguían los buenos de los malos.

La noche en un hotelucho de Callao y con las primeras luces del día la ciudad ocupada por los malvados azules porque la señora iba a salir al balcón. Cuando al fin nos encontramos - la madre sirvió unos espléndidos ravioles caseros - hubo grandes cambios de noticias y de ánimo.

La calle era cada vez más desconocida, en un momento él me dijo que lo guiara y me miro a través de sus lentes cansados.

Esa era la paradoja- un ciego guiando a otro ciego . en una ciudad que nos marginaba cada vez mas con la llovizna y la noche.
Le informé sobre el estado de la calle, los baches, los semáforos, qué cerca estaban los paragolpes de los otros autos y la tragedia de la escasez de cigarrillos.
El me contó algunos de sus viajes por el país, en especial uno por Entre Ríos con el tesoro de encontrar un cartel tirado al borde del camino y detenerse para llevarlo
(Alguien había sugerido la dirección adonde íbamos como un lugar seguro donde obtener noticias del japonés)
Llegamos a destino, casi sin proponérnoslo. Una calle cualquiera en un barrio pobre y sucio, miradas torvas y hombros dubitativos.

No encontramos nada ni a nadie. Ni el número de la casa ni al supuesto mediador que nos daría las informaciones a cambio de dinero .

Después , mucho después supimos que era un estafador amparado por su pistola reglamentaria.

Esa noche nos reunimos en el departamento para intercambiar informaciones y tomar alguna resolución.
Desde su rincón nos miraba el mascarón de proa- un ángel cansado de viajes- como el capitán que lo había tallado y que se murió medio de tristeza en Panamá.

No llegamos a ninguna conclusión. Comimos pizza y nos fuimos.

Con Chani tomamos un trole y nos bajamos a unas cinco cuadras del hotel Juramento .Allí descubrimos que ella se había olvidado los LM en alguna parte y tuvo que fumar mis cigarrillos negros.

Estábamos cansados, demasiado cansados. Empezábamos a sentirnos abrumados por un mundo de cosas y hechos, ni tan claros ni tan derechos.

Blanco y negro no formaban necesariamente un gris.
Buscábamos personas perdidas en una ciudad sin ideas ,sin respuestas y sin palabras.

Y en una ciudad sin palabras nadie hablaba.

El mismo día que volví de dí un sobrecito de azúcar con el logo de Austral que no había consumido a bordo. Ella lo puso en una estantería del comedor mientras compartíamos todos los lugares comunes entre un hombre y una mujer que por suerte- por un rato - no estaban solos.

Yo había viajado cientos de kilómetros entre otras cosas, para verla, pero aparte de eso , compartíamos la ficción de que algo podía cambiar en este mundo.

Que había un mañana en el que todos codo con codo enfrentaríamos al monstruo de las mil caras.
Algo salió mal. La ciudad se estiraba como una fiera herida. No era mejor ni peor que nosotros. Que todos nosotros. Tal vez merecimos esa bofetada por ilusos, pero creo de volver a nacer volveríamos a hacer lo mismo.
Ahora, hoy , a la distancia, los pienso y me siento tan solo sin ellos y trato de pensar como actuarían hoy.


El japonés apareció en una comisaría de la provincia, así como apareció volvieron a chuparlo y nunca mas supimos de él.

Con ella me peleé una tarde telefónicamente , porque me reprochaba que no dejaba todo aquí en Rosario , iba a buscarla y me quedaba con ella.

Desde ese día no supe mas nada .Era un teléfono sonando en la distancia y que nadie contestaba...
Quedó un rostro que se fue diluyendo poco a poco con el paso del tiempo, el recuerdo de una foto en la que modeló para una propaganda de neumáticos, su cálida voz y su gamulán de retazos en esa plaza, (la de los bailarines muertos) leyendo mis pobres poemas deslizándose bajo el sol de ese invierno.

¿ Era mejor muestro mundo, cuando alguien cantaba esperando , sonriendo, en una ventana , llena de vida ?
¿Era mejor nuestro mundo, en el que un Pablo se murió de tristeza en su Isla Negra y el capitán Domínguez también , pero en Panamá, con sus ángeles de madera acompañando su último viaje ?

Y el hombre del Renault 6- ese hombre era el mas alegre y el más triste del mundo, sobre un techo en Chacabuco , con su madre viajando en la luz...

Prefiero no creer las cosas que se dicen de ese hombre, prefiero no creer sobre su amargo destino porque es una forma de llevarlo siempre conmigo...

(Aparte - siempre entre nosotros-) les cuento que hace un par de veranos en La Paloma , el mar daba forma a la noche mientras el faro la circunnavegaba lentamente.
Dos hombres reían y brindaban en una vieja casa cerca de la playa, haciendo chocar sus jarros de aluminio.

Luego escuche golpes- secos- como madera contra madera- un martillo contra el mango de la gubia, una herramienta filosa tallando contra la oscuridad, alguien haciendo crujir a las vetas , dando vida a un nuevo ser.
Fui testigo del sonido que hace un ángel de madera al nacer , un mascarón de proa signado con esa luz que lo preservará para siempre de la muerte.

Esa noche tuve la certeza que no se puede estar solo en este mundo, cuando el pasado viene una y otra vez a proponernos un guión abierto , para que volvamos a participar casi como en un réquiem.

Esa noche bajo millones de estrellas lloré de soledad y tristeza, acompañando la tragedia ignorada de esos hombre y mujeres que tuve el orgullo de conocer, que me persiguen con su drámatico final como una pregunta implacable, una pregunta para la que nunca habrá olvido ni perdón.

FRANCISCO ALBERTO CHIROLEU






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Movimiento de Documentalistas - Argentina - 2002
   

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